La red justa: lo que aprendí sobre el mar en la cubierta de un pesquero

La primera vez que vi subir un copo cargado a bordo, la emoción del lance se mezcló con un nudo amargo en el estómago. El motor del barco rugía, el cabrestante tiraba con fuerza del aparejo y, sobre la cubierta de hierro, cayó una cascada de escamas y plata: la especie diana que buscábamos, sí, pero también juveniles que apenas alcanzaban la talla mínima, un par de rayas atrapadas en la malla y una tortuga marina desorientada entre los cabos. En la jerga técnica lo llaman bycatch o capturas accesorias; en el mar de verdad, es el recordatorio constante de que pescar a ciegas pasa una factura impagable al océano.

Aquel día marcó un punto de inflexión en mi trabajo con la flota. Durante décadas, el descarte fue asumido por muchos como un peaje inevitable de la actividad extractiva. Sin embargo, cuando pasas meses embarcado comprendes que la mitigación capturas accesorias no es una imposición ecológica abstracta dictada desde un despacho en tierra firme, sino la única garantía real de que los barcos sigan teniendo futuro.

El verdadero cambio no nació de las prohibiciones, sino de la innovación aplicada en el propio arte de pesca. Empezamos a probar modificaciones sencillas pero revolucionarias en el diseño de las redes. Introducir mallas de escape cuadradas en lugar de las tradicionales romboidales permitió que los peces de menor tamaño encontraran una vía de salida limpia antes de llegar a la superficie. Instalamos también dispositivos de exclusión —rejillas rígidas que desvían hacia el exterior a tortugas y grandes cetáceos sin que el patrón pierda la captura comercial— y líneas espantapájaros en los palangreros para evitar que las aves marinas se enganchen a los anzuelos durante la largada.

Ver funcionar estos sistemas en plena faena es sobrecogedor. Recuerdo una maniobra al amanecer, con la mar picada y el salitre pegado al neopreno, en la que izamos un aparejo modificado. El copo subió limpio, selectivo, concentrando casi en su totalidad el pescado adulto que buscaba la lonja. En el agua, nadando libres tras encontrar la ventana de escape, quedaron decenas de ejemplares que completarán su ciclo reproductivo para mantener vivo el caladero.

El esfuerzo exige paciencia. Al principio, algunos marineros veteranos recelaban de cualquier cambio en las artes tradicionales, temiendo que la selectividad redujera los ingresos de la marea. Pero los datos no mienten: menos descarte significa faenar con mayor rapidez, no perder horas preciosas en triar en cubierta especies sin valor comercial y entregar en puerto un producto cuidado, de mayor calidad y con valor añadido.

Avanzar hacia un mar sostenible no consiste en dejar de pescar, sino en aprender a pescar con precisión quirúrgica. Cada dispositivo de escape ajustado y cada innovación técnica probada en cubierta son un pacto silencioso con el fondo marino: capturar solo lo necesario para que el agua siga viva mañana.