El dictado del viento y la marea: mis días bajo el cielo cambiante de Ons

Hablar del tiempo en illa de ons es hablar de un pacto diario con la naturaleza. A diferencia de lo que ocurre en el continente, donde el clima es una circunstancia que se observa a través de la ventana, aquí, en mitad de la boca de la ría de Pontevedra, el tiempo es el absoluto protagonista de la vida. Modela el paisaje, decide si los barcos amarran o se quedan en puerto, y dicta, sin derecho a réplica, el estado de ánimo de quienes caminamos sus senderos.

He aprendido que en Ons el cielo nunca es estático. Puedes despertarte con una niebla densa y húmeda, esa bruma atlántica que envuelve el faro en un misterio absoluto y que parece borrar el resto del mundo. Son mañanas de silencio roto solo por el graznido de las gaviotas patiamarillas y el rugido sordo del mar golpeando contra los acantilados de la vertiente occidental, en el Buraco do Inferno. En esos momentos, la isla se repliega sobre sí misma, obligándote a buscar el calor de una conversación o el refugio de una ropa de abrigo que siempre debe ir en la mochila.

Sin embargo, la magia de este rincón del Parque Nacional radica en su capacidad de transformación. En cuestión de horas, el viento del norte —el implacable nordés— puede barrer las nubes con una fuerza asombrosa, abriendo un cielo de un azul limpísimo que hace brillar las aguas de la playa de Melide como si estuviésemos en otra latitud. Cuando el sol se asienta, la isla se vuelve radiante, el olor a salitre y a tojo se intensifica, y la luz adquiere una nitidez tan perfecta que permite divisar con claridad toda la línea de la costa gallega.

Pero el verdadero espectáculo llega al final del día. Cuando el viento amaina y el sol comienza a ponerse tras el horizonte atlántico, el clima te regala una tregua de colores encendidos, un crepúsculo dorado que justifica cualquier golpe de mar o racha de viento sufrida durante la jornada. Vivir el tiempo en Ons me ha enseñado a no hacer planes rígidos, a respetar la meteorología y a entender que, en una isla, el clima no se sufre: se respira, se acepta y se disfruta en toda su indómita belleza.